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Muchas
aldeas de la región de Barzan fueron destruidas
por las tropas de Hussein, lo que provocó
un éxodo. En la noche del 31 de julio de
1983, los soldados iraquíes se llevaron
a todos los hombres de la aldea.
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Salgado:
crónica
de las diásporas
por
Julio Ortega
En el Centro
Internacional de Fotografía de Nueva York la nueva
muestra del brasileño Sebastián Salgado (Minas
Gerais, 1944), Migraciones: La humanidad en transición,
recoge el producto de su trabajo fotográfico de
los últimos siete años en 35 países donde las
olas migratorias tuvieron en su arte impecable
e implacable el mejor testimonio del fenómeno
social con que termina un siglo y otro empieza.
Estas fotografías siguen las huellas de esas tribus
de la migración, y en ellas vemos cómo los excluidos
huyen de una orilla y pasan a la otra como si
remontaran la historia de la modernidad. Estos
cuerpos despojados de casa, región, lengua y nación
nos miran desde su abismo con grandes ojos alarmados
y desnudos. Son las víctimas de las guerras, las
catástrofes, el hambre y la pobreza; pero son
también los primeros héroes de las fronteras,
que cruzan habiendo salvado la vida, testigos
del desastre, hechos en el relato de su precaria
salvación. De ese gran relato nomádico, estas
fotografías son un primer documento en carne viva.
Lo primero
que el espectador encuentra en esta muestra es
lo más inmediato: la actualidad de estas guerras
étnicas, las columnas de víctimas de Bosnia, los
remotos kurdos y los iraquíes refugiados, los
vietnamitas de los botes y los africanos en las
pateras. Otros desplazados son menos patentes
pero asimismo actuales: los indios del campo ecuatoriano,
los niños africanos, los campesinos brasileños
en sus nuevas tierras, los más pobres que rodean
a Hong Kong. Después de todo, Salgado es un fotógrafo
que ha desarrollado el arte documental del fotoperiodismo,
un ensayo visual que descubre en la actualidad
un escándalo moral en la deshumanización que nos
excede. De allí que nos encontremos con la violencia
como noticia, con el desplazamiento como actualidad,
con la miseria como memoria inexhausta. De allí
también que, en seguida, las ampliaciones en blanco
y negro de los campesinos pobres, los rostros
de los niños que nos miran, los muertos velados
en Chiapas, se nos impongan excesivamente porque
podemos ser fácilmente abrumados por la acumulación
de las evidencias. El efecto demostrativo de una
foto se convierte en peregrinaje en este laberinto
de agonía.
Nuestras
reacciones a esta multiplicación de la imagen
son parte del diálogo con un arte emotivo, más
poderoso cuanto más sobrio, y más intrigante cuanto
más evidente. Porque la agonía de un grupo puede
ser explicable pero la repetición de la diáspora,
el exilio y la exclusión terminan excediendo cualquier
explicación. En este diálogo el espectador busca
defenderse: para unos la fotografía del dolor,
en sí misma, es una elocuencia ambigua; por un
lado denuncia, pero por otro convierte en estética
la penuria del otro. El límite de la fotografía
testimonial es el silencio del testigo: alguien
habla por él y toda mediación es un filtro de
control. Pero por otro lado, sería peor la pretensión
de una total transparencia; esa ingenuidad reemplazaría
la distancia sutil entre el fotógrafo y su tecnología
de la mirada, y el sujeto y su cuerpo inscrito
en nuestra información. Lo cual querría decir
que el fotógrafo y el espectador saben más que
la víctima acerca de su condición sufriente. Pero
esa manipulación forma parte de la naturaleza
del acto fotográfico y cada artista la resuelve
a su modo. Salgado, con una larga experiencia
de representar la miseria contemporánea en varias
de sus formas extremas, discurre con precisión
prolija y sensibilidad discreta entre sus sujetos.
Los fotografía en un instante de asombro: en el
momento en que la imagen convierte al tránsito
errático en transición del sentido. Con todo su
dolor, estos sujetos sostienen la mirada desde
su propia significación. No son solamente víctimas,
son agentes que denuncian una época y, por eso,
los vemos más vivos en la foto, encendidos en
la lucidez de su propia conciencia.
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El arte de
Salgado se define como una implicación en la parte
del sujeto: sus fotografías no ocurren desde nuestro
lado sino desde la orilla del otro. Pero, al mismo
tiempo, acorta nuestras distancias, entiende nuestras
defensas y miedos, y nos hace pasar del escándalo
del pensamiento a la emoción moral. Es imposible
no ceder, finalmente, ante la mirada de esos niños
que nos preguntan por ellos mismos. La formalidad
severa del artista hace que esa sensibilidad sea
sobria pero cierta. Éste es un arte maduro de
ver el desvivir contemporáneo desde la orilla
del otro como si fuese, que lo es, también nuestra.
Pero todavía
aguarda al espectador otro papel: reconocerse
en alguna saga de la muestra. Lo vemos pronto
con los grupos de público que se agolpan frente
a las fotos de su propio linaje: no en vano en
Nueva York coinciden todas las tribus de esta
épica nomádica. Es casi un abuso de la mirada
detenerse a contemplar a esas pequeñas damas kosovares
observando las fotos de su reciente familia. Pronto
vemos que el público del museo se duplica en las
fotografías y varios grupos ponen a prueba su
memoria tribal. La actualidad del arte de Salgado
rebasa ahora el marco de su testimonio.
Desde Walter
Benjamin sabemos que la fotografía es una imitación
tecnológica de la naturaleza, y que su reproducción
mecánica no nos aleja, necesariamente, de lo real
sino que bien puede revelárnoslo en su campo de
visión moderno. Ese momento fluctuante en que
el arte fotográfico es una segunda naturaleza,
tan persuasiva como su modelo, no lo condena necesariamente
al artificio sino que traduce las formas de la
conciencia instrumental contemporánea. Roland
Barthes y Susan Sontag, entre otros, han puesto
en primer plano el carácter mitologizante de la
fotografía, que al pasar por el mercado de los
medios se convierte en emblema del consumo bienpensante.
Por ello, una foto del otro puede saldar la mala
conciencia en la misma medida en que la foto de
un objeto precioso lo hace nuestro. Por eso los
grandes fotógrafos siguen demostrando que lo más
misterioso no es lo menos conocido sino lo que
puede hacerse parte de nuestra conciencia. Esa
dimensión política de lo cotidiano aparece, finalmente,
en la obra de Salgado no sólo como denuncia y
crítica sino también como la extraña vecindad
de lo más primitivo y lo más delicado. Los rostros
de los niños nos descubren esa ambigüedad de la
condición humana tocada por la violencia.
Esos niños
nos miran de pie, de frente, suspendidos de nuestra
propia mirada. Con destreza, Salgado los perpetúa
no sólo desde su lente sino desde nuestra presencia.
La vulnerabilidad de lo vivo se hace patente en
la luz de esos ojos inmensos. Auscultando esos
rostros que se acrecientan en sus ojos, uno sospecha
que el arte de Salgado ha capturado aquí la actualidad
desde la perspectiva de la historia del arte:
estos rostros se nos imponen, al final, como una
galería de máscaras y frescos antiguos, quizá
egipcios, tal vez medievales, donde las miradas
se abren sin tiempo, en puro asombro. Estos niños
bien podrían ser mensajeros de un más allá que
empieza aquí mismo.
Pero no es
preciso ir tan lejos. Mi hija Kara, con quien
recorro esta muestra, se ha detenido más tiempo
entre las fotografías de estos niños de su misma
edad. Veo que los mira mirarnos como si fuese
un juego de reconocimientos: los niños, después
de todo, suelen comprobar en la mirada del otro
su propio lugar. Estos niños africanos, mexicanos
y brasileños son sobrevivientes de los capítulos
de la modernidad, pero tienen tiempo por delante
para rehacer el espacio de la mirada mutua. Como
ha dicho Salgado: "La idea de retratos de niños
del éxodo surgió en Mozambique...Yo ayudaba a
fotografiar grupos de personas para reencontrar
a sus familias."
De ese reencuentro
esta muestra da testimonio de fe.
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