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Luis
Ernesto Derbez, el romántico
por
Katia D'Artigues
Luis Ernesto
Derbez está divertido. Cuando le piden que se
quite, para la fotografía, una marca de beso,
rojo, situada en su cachete, mejor da un perfil,
juguetón y dice:
-No, mejor
salir así. Derbez: el romántico.
Es una entrevista
express justo en el día en que volvió a
tomar posesión de sus oficinas después de que
los cañeros quitaron su plantón.
I
Derbez es
un apellido francés o más bien, catalán. Su padre,
Víctor, llegó a México justo en 1910, año del
inicio de la Revolución Mexicana, cuando tenía
unos 15 años. Su madre también era europea, hija
de españoles, aunque vivió en Tampico. Él nació
en el Distrito Federal pero a los seis años se
estableció en San Luis Potosí, donde creció.
Mi papá no
fue revolucionario, pero le tocó la mera Revolución.
Era parte del grupo de los barcelonetas, la migración
más importante que ha venido de Francia a México.
Llegaron a México, creo que accidentalmente, pensando
que iban a América, el continente y lo que representaba.
En lugar de llegar a Estados Unidos llegaron acá.
En la conversación
del padre con su hijo estaba presentes muchos
de los recuerdos de lo vivido:
Me contaba
aventuras de lo que le pasó, de la pobreza, de
los colgados: cómo se veían en los postes de luz,
en los caminos, a cuatro o cinco personas colgadas
de un solo mecate. De cómo fue un periodo difícil
de la historia del país. Estuvo en Río Blanco
en el mero momento de la revolución obrera. Comentaba
de todas las injusticias. Como francés arraigado
en México veía esto con una óptica distinta, del
que llega y se encuentra un problema social que
estalla. Lo que más me decía era lo terrible que
era una guerra, la desolación, la inseguridad,
que no sabes lo que está pasando. Los cambios
sociales fueron fundamentales para él. Siempre
pensó que la Revolución había sido algo muy positivo
para el país.
Su padre
era divorciado. Como su primera esposa murió poco
después de la separación, su madre adoptó a los
tres hijos del primer matrimonio. Todos crecieron
juntos, sin diferencias.
Así tuvo
cinco hermanos, dos de los cuales ya murieron:
Jossette y Víctor. Quedan Magdalena, Teresa y
Socorro.
Su padre
tenía una tienda en San Luis Potosí, donde la
familia vivió mucho tiempo. Él nació en México.
Se llamaba El correo francés. Pero además de eso
fue director de Hacienda y de Río Blanco.
¿Cómo
era de niño?
Muy simpático...
La verdad no sé. Se lo tendría que preguntar a
mi familia. Los recuerdos que tengo son de contento,
alegría, satisfacción. Teníamos una vida en una
ciudad muy tranquila, donde nos conocíamos todos.
Asistí siempre a escuelas públicas, como hombre.
A mis hermanas, obviamente, en escuelas de monjas.
¿Por qué
obviamente?
Porque era
la tradición. Las niñas no iban a lugares que
tuvieran ciertos riesgos sociales y acaban yendo,
según la experiencia, a escuelas de monjas. Al
final yo estudié en la Universidad de San Luis
Potosí y ahí conocí a mi esposa. Soy producto
del sistema público del país, porque estudié en
la universidad pública. Después estudié en Estados
Unidos, pero en universidades públicas también.
Todos sus
estudios son en economía: maestría en la Universidad
de Oregon y un doctorado en la Universidad de
Iowa.
II
Su padre,
después de seis años de vivir en México, regresó
a Francia y descubrió que ya no se sentía francés
sino mexicano, y volvió.
Años después
cuando hablaban sobre la nacionalidad, su padre
le decía que él, su hijo, no era mexicano. El
argumento era que su padre, como inmigrante había
escogido vivir ahí, él no...
¿Y ya
lo escogió?
Claro. Por
eso me regresé. Viví 15 años en Estados Unidos,
trabajando para el Banco Mundial y cuando conocí
a Fox, me convencí.
¿Por qué
estudió economía?
Originalmente
estaba entre tres carreras: física, medicina o
economía.
Oiga,
no se parecen en nada.
Afortunadamente.
Después de una discusión con mi padre me quedó
muy claro que tenía pocas probabilidades de mantenerme
de físico: en los setentas, no era una carrera
que lo condujera a uno a resultados positivos
en cuanto a empleo seguro. Ésa era la visión de
la época. Estaba entre medicina y economía. Pero
una gran maestra, que me había dado biología,
tuvo a bien darme un tour de la morgue y me convencí
que no tenía alma de médico, ya con eso.
¿Qué fue
lo que más le impresionó?
La falta
de respeto con que se trataba a los cadáveres.
Además, nunca había visto uno. Pasé por el proceso
en el cual le enseñaban a uno las disecciones
que hacían con ellos. No sé si ha visto las películas
en que sale la gente con la sierrita en el cuerpo;
mi impresión fue de repulsión. Me di cuenta de
que no tenía estómago de médico, sino de economista.
¿Cómo
es el estómago de un economista?
Ahí también
hacemos disecciones, pero de economías. Encontrar
cuáles son los problemas que tiene, analizar muy
a fondo y ver lo que se puede plantear. Me gustó
mucho la carrera. Mi maestro fue Manuel Aguilera.
Llegó a San Luis Potosí en ese momento, como director
de la carrera. Lo primero que ocurrió (cuando
entró a la universidad) fue que se dio una huelga
estudiantil para que nos dieran buenos maestros,
en particular en economía.
¿Usted
participó activamente?
Por supuesto.
Fui líder universitario toda mi juventud. Y lo
que hicimos, fue que llegamos y trajimos, bueno
el rector trajo, a Manuel Aguilera, en castigo
por nuestra huelga. Trajeron a un grupo de profesores
muy jóvenes.
¿En castigo?
¡Pues por
lo que habíamos hecho! Lo que el rector hizo fue
verdaderamente acceder a nuestras demandas y nos
trajo un grupo de maestros excelente, jóvenes
y bien preparados todos. Crearon la primera generación
seria de economistas de la universidad. Esto forja
muy claramente para mí la intención de aprender
más, me di cuenta de que necesitaba seguir estudiando.
Tanto la maestría como el doctorado lo hice en
economía y me especialicé en econometría, una
disciplina rara para la época pero importante
e interesante en Estados Unidos, que me fue muy
poco útil en el regreso (a México) pero que ahora
encuentro muy útil, que fue economía de recursos
naturales, que en ese entonces era economía ambiental
de recursos naturales. No era algo que en los
años setenta que regresé a casa, 71, 72, tuviera
una percepción de la importancia que tenía. Entonces
regresé y acabé dedicándome prácticamente a lo
que era más la parte econométrica. Y luego poco
a poco entré a dar asesorías a empresas privadas
y acabé yéndome por lo que es en inglés business
economics, que es en realidad la economía de la
empresa y el análisis de la economía de la empresa.
¿Qué le
dio por trabajar tantos años fuera de México?
¿Trabajar en proyectos para economías tan diferentes
como India, Nepal, Chile?
Me dio una
experiencia que muy poca gente tiene. En Chile,
de 1983 a 86, en el momento de grandes reformas,
la experiencia de lo que son los problemas financieros
y hacer una reforma para una economía que estaba
hundida por la dificultad de lo que había sido
el populismo, un exceso de gastos. En Centroamérica,
manejando las economías de seis países, de Guatemala
hasta Panamá son experiencias interesantes. Países
pequeños con visiones distintas. Cómo hacer crecer
una economía como la de Honduras, rural; El Salvador,
en medio de una guerra civil; Costa Rica, en paz
y tranquilidad absoluta, pero con una suma de
dependencia de flujos del capital extranjero.
La panameña, en su momento es boicoteada por Estados
Unidos, y los problemas que esto causa. Son experiencias
que me permiten aprender lo que es la parte política
de la economía junto con lo que es la aplicación
de programas concretos para apoyar a la solución
de sectores importantes. Me convenzo de la democracia.
En Costa Rica nos tardábamos en llegar a soluciones,
por discusión de grupos de oposición al gobierno,
pero luego, después del consenso, es la voluntad
de todos y el rumbo que debe tomar la nación.
Esto en la actualidad me da una visión clara de
que en México mucho tiempo estuvimos acostumbrados
a que un grupo pequeño podía definir y determinar
las cosas del país, sin consensar. Tengo paciencia
en todo este proceso de negociación.
Y luego,
la experiencia asiática. Estar en India, en Nepal
y en África. En África vi la importancia del desarrollo
agropecuario. Entiendo la problemática actual
en México por eso. Un sector que ha sido desdeñado
durante mucho tiempo, al que no se le ha dado
el apoyo necesario para que pueda funcionar. En
donde eran economías agrarias con las que estábamos
discutiendo. En donde el tema de las importaciones
y las exportaciones, de maíz, de frijol, de soya,
era muy equivalente a economías más pequeñas.
Pero equivalente a lo que tenemos en la nación.
Esto es lo que me da la experiencia de trabajar
en Estados Unidos, con el Banco Mundial ubicado
en Estados Unidos. Y te da otra cosa, vivir 15
años en Estados Unidos, da un antecedente muy
claro de la sociedad norteamericana. Me dio un
convencimiento muy claro de que quiero ser mexicano,
yo no tengo la menor duda de que aquí es donde
estamos y es nuestro país y lo que hay que hacer
es sacarlo adelante.
III
¿Que es
bueno para contar chistes?
Muy bueno
-dice riendo-. Depende de la situación. Si estoy
relajado en una situación de ambiente, agradable,
no me preocupa. Es parte de la juventud que tuve
en San Luis Potosí, en la cual uno podía ir a
tomar la copa con los amigos... eran reuniones
en las cuales estábamos platicando, contando chistes,
dominó, baraja... Finalmente llevábamos serenata
con trío o mariachi, según fuera el entusiasmo
de cada uno.
¿Usted
qué llevaba, trío o mariachi?
Trío. Soy
romántico por naturaleza. Los mariachis son demasiados
ruidosos para mí.
Dijo que
conoció a su esposa en la universidad. ¿Ella también
es economista?
No, es matemática
y tiene una maestría en letras españolas. Yo soy
de un solo dominio: economista, economista, economista.
Cuénteme,
¿cómo es ella?
Preciosa.
¿Y además?
Inteligente.
¿Y qué
más?
Muy aguantadora,
¡si no, no me hubiera aguantado tanto tiempo!
¿Por qué?
¿Es usted terrible?
No, pero
en 31 años de matrimonio se dan dificultades.
Nos casamos muy jóvenes y francamente nos hemos
llevado muy bien todo el tiempo. Ella es muy alegre
y me modera en muchas ocasiones, en reacciones
que quisiera tener, mucho más violentas y platicar
con ella me permite llegar a decisiones mucho
más amplias.
No parece
un hombre violento.
No lo soy,
pero de repente me enojo. Cuando eso sucede, debo
tener cuidado de no actuar en el impulso. Y ella
me ayuda mucho.
Ella, además
de todo, es su asesora literaria. Derbez lee,
dice, un libro a la semana. El último fue La
fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa.
Ella es quien
me compra novelas y me pone en un régimen dietético
de leer, lo más que pueda. Me coloca novelas entre
las cosas que debo leer por trabajo, tanto inglesas
como en español. Cuando viajo, prácticamente nunca
hago trabajo en los aviones. Leo novelas, libros
o los periódicos, que ahora me tienen aquí leyendo
periódicos.
¿Y le
gusta?
¿Leer periódicos?
No, no, no. Lo que pasa es que lo que me gusta
mucho del trabajo actual es tener un grupo de
personas que me hacen una síntesis, lo cual me
permite entérame de todo lo que se ha publicado,
de una manera rápida, y luego nada más concentrarme
en temas que yo tenga como preferenciables. Entonces
eso me gusta más que tener que leer todo el periódico
para encontrar temas concretos que me llamen la
atención. Pero lectura, lectura de periódicos,
yo leo cuatro periódicos diarios: The New York
Times, el Financial Times, y dos periódicos
mexicanos, mismos que se van cambiando para tener
una visión de lo que se está comentando en el
país.
Foto:
Adrian Mealand
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