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La venganza de Dios
por Fernando Rivera Calderón


"Pero la muerte muestra de repente que la sociedad real mentía. No es entonces la pérdida de la cosa, del miembro útil, lo que es tomado en consideración. Lo que ha perdido la sociedad real no es un miembro, sino su verdad... La muerte revela a la vida en su plenitud y hace hundirse el orden real."
Georges Bataille, Teoría de la religión

Un buen amigo, ante el siniestro espectáculo que se transmitía en vivo y para todo el mundo, sintió de pronto la urgente necesidad de comprarse unas palomitas y una cocacola. Su mente, como la de muchos otros, prefirió recurrir a las decenas de referencias cinematográficas sobre el suceso que a la experiencia pura del horror de sabernos abandonados a nuestra suerte. Después de todo, ante la mirada omnipresente de los medios, el mundo entero es una locación y todos somos extras. Hay que disfrutar del espectáculo hasta el día en que nos toque formar parte de él.

Las sucesivas e interminables repeticiones televisivas del momento del colapso contra las torres gemelas son nuestra manera de conjurar a los demonios que aún sobrevuelan la negra conciencia del mundo, así como las viejas plañideras repetían sin parar una plegaria ante el difunto para exorcizar sus propios miedos. Asistimos a un exorcismo mediático: la repetición es la base de toda oración.

Las repeticiones son presentadas en los noticieros como si fueran un remix, podemos ver los momentos en cámara lenta, cuadro por cuadro; nos dan la impresión de que disponemos del trágico suceso, aunque sólo se trate de una ilusión. A la larga, después de que lo hayamos visto cientos de veces, podremos contemplar la escena sin inmutarnos, sin sentir absolutamente nada, así como nos acostumbramos a ver el disparo a la cabeza de Luis Donaldo Colosio.

Muchos, al ver las escenas de la Gran Manzana destruida, afirmarían: "Eso ya lo había visto antes". Manhattan es la locación favorita de Hollywood, como ciudad se ha dedicado a cuidar y promover su imagen como una diva, más allá de ella todo le es indiferente. Sus habitantes también solían ser así. La última vez que caminé por sus calles fui arrollado por una marea indetenible de yuppies, todos vestidos igual, todos con prisa como para fijarse en el que tienen enfrente. Puede decirse, sin temor a equivocarse, que Manhattan era la capital de la soberbia global, el egoísmo y la acumulación.

¿Cómo saber entonces si fue real lo que vimos millones de telespectadores o si se trató de otro truco más de la prolífica fábrica de sueños? Lo han hecho tantas veces en el cine y les sale tan bien que para muchos será difícil distinguir el simulacro de la realidad. Por otro lado muchos esperaban que sucediera. Como escribe Baudrillard en La transparencia del mal: "Lo que también sorprende de un acontecimiento como éste es que en cierta manera es esperado. Todos nosotros somos cómplices en la espera de un libreto fatal, aunque nos sintamos conmocionados o alterados cuando se escenifica". Si viviéramos en otros tiempos podríamos afirmar que lo que sucedió en las torres gemelas, así como en el Pentágono, no fue un acto terrorista ordenado por un millonario saudí; fue un castigo de Dios. Supongo que en el Medio Oriente, ese mundo hermético, muchos deben pensar de esa forma y no sólo ahí. Estados Unidos siempre ha sido un país amante de la guerra, pero nunca en su propia casa. Desde Hiroshima, desde el Golfo Pérsico, las cosas se deben ver distintas, aunque reciban las mismas imágenes de CNN y demás cadenas informativas.

No hablo de Dios de manera gratuita. El atentado no fue realizado por personas educadas en el materialismo occidental que nos impide gastarnos la vida en algo porque en apariencia valoramos la vida, pero en realidad no la consideramos suficiente para pagar nada. Más allá de cuántas tomas hay de las colisiones, más allá del monto económico del desastre, este acto tiene grandes rastros de una religiosidad llevada al límite. Un límite que no somos capaces de comprender porque vivimos al servicio de nuestros objetos, enajenados en la producción y en la acumulación de éstos, no en el gasto absoluto de la fe.

No sólo se trata del odio. Para aceptar morir en nombre de una misión es preciso tener una visión religiosa sobre la vida, una idea fanática sobre el destino de la humanidad. Los últimos años del siglo XX la sociedad ha sacado del armario de la historia su necesidad de creer, ha recordado su fatal inseguridad en el mundo. Ese miedo que llevamos en los genes desde los primeros hombres que tuvieron que arrodillarse ante el trueno y el terremoto.

Desde esa perspectiva el acto terrorista se convierte en un sacrificio ritual, en un acto brutal de expiación masiva, el primero quizás en el que participamos de manera global y al que fuimos invitados con perfecta anticipación. Un acto que, por encima de las miles de víctimas, pero gracias a ellas también, nos hizo ver y sentir, aunque fuera sólo por algunos minutos, que estamos vivos con todo el horror que esa premisa implica para nuestra inmanente fragilidad en el mundo.

En su Teoría de la religión, Georges Bataille dice: "El sacrificio destruye los lazos de subordinación reales de un objeto, arrebata a la víctima del mundo de la utilidad y la devuelve al del capricho ininteligible". Por unos momentos, la realidad se nos mostró como lo que es: el escenario del aturdimiento, el resplandor que ciega, el capricho eterno. Los dos monolitos que la civilización occidental construyó para honrarse a sí misma, para vanagloriarse de sus logros, están hechos polvo. El mismo polvo al que habremos de sumarnos tarde o temprano todos nosotros.