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El horror
por Federico Campbell


De lo que no se puede hablar hay que callar.
Ludwig Wittgenstein

La decisión de no hablar de cosas de la actualidad política y limitarse a glosar las insinuaciones de la literatura -que no aspira al análisis ni formula leyes y se contenta con evocar, sugerir, insinuar, describir, como creía Octavio Paz- pierde su sentido cuando la demencia política establece un hecho inédito en la historia, más por su espectacularidad y su número de víctimas y su crueldad que por su sangre tantas veces derramada en el pasado porque unos no piensan como los otros, porque unos no tienen el sistema de creencias que los otros.

Nadie ignoraba que los aviones civiles fueran bombas volantes cargadas de inocentes, pero vemos que su utilización sí estaba en la imaginación terrorista no menos que en la inventiva cinematográfica o de la ciencia ficción. Los fálicos fuselajes alados se encajaron en la cabeza del imperio y su penacho de humo y llamas, todavía a cuarenta y ocho horas del atentado, nos dejaron atónitos. No sé si una conflagración atómica como la que extinguió a Hiroshima y Nagasaki tuvo igual impacto en los espectadores que no la vieron por televisión. O no tuvieron tiempo de verla. El caso es que las obligadas conjeturas de los editorialistas y los locutores audiovisuales apenas explican nada. Lo único que siente uno es la tentación de coronar los cientos de artículos y fotografías publicados, como si la poesía fuera el refugio de la verdad, con decenas de epígrafes de T. S. Eliot:

Así es como acaba el mundo.
Así es como acaba el mundo.
Así es como acaba el mundo.
No con un estallido sino con un quejido.

Triunfó el estallido en el circo mediático, pero no se escuchó el quejido, el silencio de los pasajeros aéreos, los empleados de las oficinas, los bomberos de la tierra baldía en que en unos minutos se trastocó el sur de Manhattan. Una y mil veces vimos las naves de nuestros sueños transmutarse en hogueras y de manera irónica todo creaba la sensación de los déjà vu. La realidad imitaba al cine o la tragedia parecía salida de, o producida por, la literatura.

El silencio militar, el silencio de inteligencia estadounidense no ha querido especular como lo hizo luego del bombazo de Oklahoma y atribuir automáticamente la culpabilidad criminal a los musulmanes o a otros fundamentalistas, acaso porque dentro del país el huevo de la serpiente fascista ha dado ya muestras de su sorda beligerancia y existen terroristas que también tienen los ojos azules, la piel blanca y una capacidad de fuego y de demolición tan competente como la de los ingenieros militares.

Rubén Moheno ha escrito recientemente, en La Jornada, que una de las desventajas del servicio secreto de Estados Unidos, de sus agencias de seguridad e "inteligencia", ha sido el desconocimiento de otros idiomas. Como suponen al inglés la lingua franca del imperio han descuidado el reclutamiento de expertos en árabe, chino, eslovenco, y la enorme información que recaban no alcanza a ser descifrada por los traductores profesionales, de tal manera que pasan días y semanas sin que puedan enterarse de muchas cosas.

Por otra parte, para cualquiera que la haya visitado a lo largo de su vida, Nueva York es una ciudad entrañable. No es posible no tenerle cariño. Sus pancakes con miel de maple son los mejores del mundo, y sus calles, sus plazas, el barrio de Gramercy Park, los rincones de Woody Allen, los muelles que miran hacia Brooklyn, las pescaderías, lo sitúan a uno en una dimensión cultural y urbana entre lo europeo y lo estadounidense, entre lo cosmopolita y lo vernáculo. De pocas ciudades se conmueve uno tanto como de Nueva York, al vislumbrarla desde los puentes que se tienden desde Long Island, cuando se llega del aeropuerto Kennedy. ¿Qué habrán pensado tantos amigos que están allá, Hugo Hiriart, Carmen Boullosa, Yvonne Venegas, Adriana González Mateos?

David Huerta ha recordado en un artículo reciente al Nueva York que se dibuja y se huele en los poemas de García Lorca ("¡Qué raro que me llame Federico!"). David Huerta dice que casi todos los versos de Poeta en Nueva York se pueden citar esta semana:

Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego.

Un antes y un después se marca con la fecha del 11 de septiembre. La paradoja del más poderoso de los países emana de su fragilidad, de la incapacidad de todos para saber qué piensa el otro. En El agente secreto, de Joseph Conrad, en Los demonios, de Fiodor Dostoievski y en Los justos, de Albert Camus, los lectores de libros han conocido el drama insondable del terrorismo. Pero incluso las palabras de la ficción literaria, los personajes, las situaciones, las invenciones y las mentiras del oficio no bastan para hacer comprender el horror.

Kurtz en El corazón de las tinieblas, Marlon Brando en Apocalypse Now, grita en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, grita dos veces, un grito que no es más que un suspiro:

"¡Ah, el horror! ¡El horror!"