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El
cielo herido de Nueva York
por
Naief Yehya
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A eso de
las 8:55 cuando acababa de dejar a mi hijo en
su kínder en Brooklyn, interrumpieron el programa
de radio que estaba escuchando. Un avión acaba
de impactarse en contra de una de las torres gemelas.
En ese momento la confusión era tal que nadie
sabía qué había pasado con el avión, si había
caído en el río, si se había desintegrado al impactarse
contra el edificio o si había seguido volando
a pesar del choque. Me bastó levantar la vista
para ver una gran columna de humo. Y al llegar
a mi calle, desde donde las torres gemelas podían
verse a la perfección, descubrí el enorme boquete
negro y humeante cercano a la punta de la torre
norte. Era un día soleado, caluroso y sin una
sola nube en el cielo, a diferencia del día anterior
en que cayeron varias tormentas. En esos momentos
pensé que se trataba de un avión pequeño que había
tenido un accidente, como sucedió hace décadas
cuando una avioneta se estrelló contra el Empire
State. Entré a mi casa tan sólo para descubrir
que otro avión había chocado con la torre sur
a las 9:00. En ese momento aún pensaba que tal
vez alguna torre de control había cometido un
par de atroces errores, no obstante era claro
que se trataba de algo deliberado. A partir de
entonces los boletines fueron llegando a las estaciones
de televisión y radio de manera atropellada. Hablaban
de aviones que se estrellaban contra el Pentágono,
contra el Capitolio, la Casa Blanca y autos bomba
en el puente George Washington. La noticia de
ese día debían haber sido las elecciones primarias
de los partidos políticos para los próximos comicios
de alcalde, contralor y otros puestos de la ciudad.
Obviamente la votación tuvo que posponerse.
Decidí subir
a la azotea de mi casa a tomar algunas fotos.
Entonces se colapsó por completo la primera torre.
Nuevamente los rumores corrieron de que había
explotado una bomba más en el interior del edificio
o tal vez en alguno de los vehículos de rescate
que habían llegado a prestar sus servicios. Cuando
llegué a la azotea tuve un extraño vértigo y me
sentí desorientado, a pesar de que veía la torre
restante y una gran columna de humo, polvo y cenizas,
mi cerebro no podía aceptar que eso era lo que
quedaba de las torres y seguía buscándolas en
el panorama neoyorquino. Bajé tras tomar algunas
fotos, me paré a mitad de la calle y pude ver
cómo se colapsaba la segunda torre. Tuve una especie
de absurda nostalgia por el momento en que pensé
que una avioneta había perdido el rumbo y se había
estrellado contra la torre.
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Las imágenes
en la televisión se repetían una y otra vez, mientras
los comentaristas y reporteros trataban de dar
sentido al caos. Las imágenes de un avión que
choca y queda incrustado en la torre sur han pasado
a formar parte de la sórdida colección de documentos
de algunas de las peores atrocidades de nuestro
tiempo, y serán imágenes que a partir de ahora
veremos sin cesar. Éste es el verdadero legado
de este acto, no la redención de un pueblo oprimido,
ni la liberación de las tierras sagradas de la
presencia de tropas infieles ni la destrucción
del "imperio del mal", sino muerte de inocentes,
devastación y muchas imágenes para ser consumidas
como si fueran entretenimiento, en una era donde
el campo de batalla es la pantalla de la televisión.
Quien quiera
que haya hecho esto parece haber materializado
las peores pesadillas del cine apocalíptico hollywoodense
como Día de la Independencia, The Siege y Godzilla,
además de las interminables cintas de acción de
serie B xenófobas que presentan a los árabes como
terroristas y, por supuesto, más recientemente,
Pearl Harbor, melodrama insulso pero espectacular
acerca de aquel día de la infamia que ha sido
comparado numerosas veces con los acontecimientos
del pasado 11 de septiembre. La analogía conlleva
un espectro sórdido y es que tras el ataque a
la base militar de Hawai en 1941, los ciudadanos
estadunidenses de origen japonés fueron encerrados
en campos de concentración. Hoy, a pesar de los
continuos llamados de parte del alcalde de Nueva
York, Rudy Giuliani, y más tarde, del propio presidente,
ha habido varios incidentes, aislados, de acoso
en contra de árabes y musulmanes en diversas partes
de Estados Unidos.
Este texto
se escribe el 13 de septiembre, cuando aún no
hay cifras estimadas de los muertos, no obstante,
cada una de las empresas que tenían oficinas en
las torres gemelas ha comenzado a declarar el
número de empleados desaparecidos y las cifras
son apabullantes. Una de las imágenes más tristes
de esta tragedia son las de docenas de médicos
cruzados de brazos ante hospitales de campaña
vacíos. El número de supervivientes encontrados
ha sido mucho menor de lo que se esperaba, aun
en las proyecciones pesimistas. Por el contrario,
a pesar del poco tiempo que hubo para el desalojo
de las torres, algunas personas que estaban aún
en los pisos más altos pudieron salir caminando.
Como suele suceder en estas situaciones, abundan
las historias de heroísmo y los milagros, como
el de aquel policía que aparentemente cayó, virtualmente
montado en los escombros, más de 80 pisos y salió
ileso. Pero en general lo más aterrador es el
silencio. Durante los primeros días se hablaba
de que había gente atrapada en los sótanos, que
de cuando en cuando lograba comunicarse con sus
teléfonos celulares con el exterior. Pero debido
a la inmensidad de las ruinas no se ha podido
llegar hasta ellos. Se teme que la mayoría estén
ahora muertos.
A estas alturas
la ciudad sigue paralizada, todo el sur de Manhattan,
desde la calle 14 hasta la punta, está acordonada
y no se permite el paso más que al personal de
emergencia y a los residentes de la zona. La mayoría
de los puentes y túneles están cerrados. La bolsa
de valores cumple hoy su cuarto día de labores
cerrada, un récord que sin duda anuncia las inminentes
consecuencias económicas mundiales que tendrá
esta catástrofe.
Entre la
desesperada búsqueda por entender las razones
de este acto infernal no falta quienes han buscado
explicaciones en la numerología y lo oculto. Entre
muchas manifestaciones del fenómeno tecnopagano,
que fusiona tecnología, mito y religión, es un
mensaje de correo electrónico, probablemente originado
en Panamá, que ha dado la vuelta al mundo y dice:
La fecha
del ataque: 9/11: 9+1+1 = 11
El 11 de
septiembre es el día 254 del año: 2+5+4 = 11
Después del
11 de septiembre quedan 111 para el fin del año.
119 es el
código del área de Irak/Irán: 1+1+9 = 11
Las torres
gemelas, erectas lado a lado parecían un número
11.
El primer
avión que se estrelló contra las torres era el
vuelo 11 de American Airlines.
El estado
de Nueva York es el undécimo estado que se incorporó
a la unión.
New York
City: 11 letras
Afghanistan:
11 letras
The Pentagon:
11 letras
Ramzi Yousef:
11 letras (quien fue condenado por organizar el
ataque contra el WTC en 1993)
El vuelo
11 tenía 92 personas a bordo: 9 + 2 = 11
El vuelo
77 (el segundo en impactarse) tenía 65 personas
a bordo: 6 + 5 = 11
El mensaje
no interpreta el significado del número 11 ni
explica adónde lleva esta enumeración.
Por otro
lado, en el mundo real, el atentado sigue sin
ser reivindicado por ninguna organización digna
de crédito. El FBI y otras organizaciones policíacas
se encuentran investigando, siguiendo el rastro
de los culpables, recogiendo todo tipo de evidencias
y tratando de encontrar a los culpables contra
los que el gobierno de Bush ya ha emitido una
singular declaración de guerra, quizá la primera
de la historia en la que el enemigo es una fuerza
invisible. El nombre inmediatamente mencionado
fue el del miliciano islámico de origen saudita,
Osama bin Laden, quien aparentemente se encuentra
en Afganistán. Fue muy significativo que pocos
minutos después del atentado, el gobierno talibán
de Afganistán anunció en una conferencia de prensa
que tenían plena confianza de que Bin Laden no
estaba involucrado. Al hacer esto, el talibán
se implicó ingenua o deliberadamente en estas
acciones y si las organizaciones de inteligencia
estadounidenses deciden que Bin Laden es culpable,
es de esperar que el actual gobierno afgano será
el enemigo (o uno de los enemigos) a quien será
dirigida la declaración de guerra. Durante el
día de ayer fueron detenidas varias personas y
el FBI aseguró que ya se conoce la identidad de
alrededor de 12 de los secuestradores de los cuatro
aviones empleados en el ataque, los cuales aparentemente
son todos originarios del Medio Oriente y entre
los que hay varios pilotos de avión entrenados
en Estados Unidos.
A pesar de
que el principal sospechoso es Bin Laden, numerosos
analistas piensan que su organización es incapaz
de llevar a cabo una acción de estas proporciones,
por lo que si bien es posible que esté involucrado,
es también muy probable que otros grupos, organizaciones
e incluso gobiernos como el iraquí hayan participado.
Lo que esto implica es que se avecina una nueva
guerra, "la primera del siglo XXI", como anunció
Bush en su conferencia de prensa de la mañana
del día 13, la cual inevitablemente será como
los recientes conflictos en los que el inmenso
poderío estadounidense será empleado para bombardear
y devastar países incapaces de ofrecer resistencia
o defender a sus ciudadanos. Resulta irónico que
esta lógica, así como el atentado mismo, parece
más relacionada con las fantasías bélicas de Hollywood
que con la realidad del Medio Oriente de hoy.
Irán ha cambiado mucho de la nación "revolucionaria"
de los años ochenta y hoy está más preocupada
por exportaciones petroleras y comercio que por
exportar el islam. Irak está destruida y sus servicios
de inteligencia apenas se dan abasto para torturar
y aterrorizar a sus propios ciudadanos con el
objetivo de mantenerse en el poder. Y Afganistán,
la nación más devastada entre las naciones en
ruinas, parece sumergida en un espejismo religioso
que la arrastra lenta pero con seguridad al caos.
Lamentablemente, el infame atentado en contra
de Estados Unidos y sus represalias tan sólo tendrán
como resultado más actos sangrientos desesperados
de más hombres empujados a las garras de líderes
sin escrúpulos, que emplearán una versión retorcida
de la religión y el patriotismo, para empujarlos
al martirio y a ofrecer su vida en actos sangrientos.
Cuando uno
piensa en diez o 20 mil muertos, que son cifras
que se manejan ahora como posibilidades del número
de pérdidas humanas, es simplemente imposible
asir la magnitud de la tragedia, en cambio, al
mirar al lugar donde solían estar esos gigantes
majestuosos y ver el vacío que han dejado, tenemos
un atisbo de la inmensidad de lo que ha sucedido,
de lo que se ha perdido para siempre y que sin
duda será un recordatorio de la inutilidad de
un acto de violencia demencial como éste.
Fotos:
Charles Krupa/AP/ Shannon Stapleton/ Reuters
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